Seguro que alguna vez viste a alguien que recién empieza a entrenar y, en pocos meses, consigue cambios físicos que a otra persona le llevan mucho más tiempo.
También puede que conozcas a alguien que parece tener facilidad para ganar músculo, mientras que vos sentís que cada mejora te cuesta el doble.
En esos momentos aparece una explicación muy tentadora: la genética.
Pero ¿hasta qué punto influye realmente?
La genética importa, y mucho. Sin embargo, entender su papel no significa aceptar que tus resultados ya están determinados.
NO TODOS RESPONDEMOS IGUAL AL ENTRENAMIENTO
Dos personas pueden realizar un programa de entrenamiento parecido, comer adecuadamente y descansar lo suficiente, pero experimentar resultados diferentes.
¿Por qué sucede esto?
Porque las personas no partimos del mismo punto ni respondemos exactamente igual a los estímulos del entrenamiento.
La genética puede influir en características como la distribución de la masa muscular, las proporciones corporales, la estructura ósea y distintos aspectos de la respuesta fisiológica al ejercicio.
También existen diferencias individuales en la facilidad para desarrollar fuerza o masa muscular.
Esto ayuda a explicar por qué algunas personas parecen progresar más rápido que otras, incluso cuando ambas están haciendo las cosas razonablemente bien.
Pero hay algo fundamental: que exista variabilidad individual no significa que podamos predecir con exactitud cuánto músculo va a ganar una persona solamente con observar su cuerpo.
EL ERROR DE COMPARAR TU PROGRESO CON EL DE OTRO
Imaginá que vos llevás un año entrenando y lograste ganar varios kilos de masa muscular.
Al mismo tiempo, otra persona empezó hace unos meses y ya muestra una transformación física muy evidente.
Es fácil pensar que estás haciendo algo mal.
Sin embargo, quizá esa persona ya practicaba deporte, tenía más masa muscular de la que parecía, dispone de más tiempo para entrenar o cuenta con condiciones genéticas favorables para determinadas adaptaciones.
También pueden existir diferencias en la alimentación, el descanso, la experiencia previa y la calidad del entrenamiento.
Si comparás solamente las fotografías, estás dejando afuera casi toda la información necesaria para entender qué está pasando.
Tu cuerpo no conoce los resultados de otra persona. Responde a los estímulos que recibe y a las condiciones en las que se encuentra.
¿ENTONCES, SI NO TENGO BUENA GENÉTICA, ESTOY EN DESVENTAJA?
Es posible que algunas personas tengan una mayor predisposición para desarrollar ciertas características físicas. Pero eso no significa que vos no puedas mejorar.
La respuesta al entrenamiento de fuerza presenta diferencias importantes entre individuos, incluso cuando se utilizan programas estructurados.
La genética es una de las piezas que intervienen en esa variabilidad, pero no es la única.
Tu experiencia previa, la regularidad del entrenamiento, la alimentación, el descanso, el estrés y la manera en que se adapta la planificación también influyen en tus resultados.
Además, no todas las personas tienen el mismo punto de partida ni los mismos objetivos.
Quizá nunca desarrolles exactamente el físico de un atleta profesional. Pero esa no es una condición necesaria para ganar fuerza, aumentar tu masa muscular o mejorar tu composición corporal.
El objetivo no debería ser convertirte en otra persona. Debería ser descubrir hasta dónde podés llegar vos.
LO QUE SÍ PODÉS CONTROLAR
No podés elegir tu genética, pero sí podés tomar decisiones que mejoren tus posibilidades de progresar.
Entrenar con una planificación coherente. Necesitás estímulos adecuados para tu nivel, una técnica que puedas controlar y una progresión que tenga sentido.
Comer de acuerdo con tu objetivo. Ganar masa muscular, perder grasa y mantener el peso son situaciones diferentes. La alimentación tiene que acompañar la meta que buscás.
Dormir y recuperarte. El entrenamiento representa un estímulo; la recuperación forma parte del proceso de adaptación.
Registrar tus avances. Si no evaluás tus cargas, repeticiones, medidas o evolución física, podés terminar dependiendo únicamente de cómo te ves frente al espejo.
Tener paciencia. El progreso no es perfectamente lineal. Hay períodos de avances rápidos y otros en los que necesitás ajustar la estrategia.
Y si no estás progresando, no asumas automáticamente que el problema es tu genética. Primero conviene revisar qué estás haciendo, cuánto tiempo llevás aplicándolo y si la estrategia es apropiada para vos.
TU POTENCIAL NO SE DESCUBRE DE UN DÍA PARA OTRO
Una de las mayores dificultades del entrenamiento es que muchas personas abandonan antes de comprobar qué pueden conseguir.
Se comparan con otros, se frustran porque no avanzan al mismo ritmo y empiezan a creer que su cuerpo no está hecho para progresar.
Pero no necesitás tener una genética excepcional para beneficiarte del entrenamiento.
Necesitás un proceso que tenga sentido para vos.
En Escobar Training trabajamos con esa idea: cada persona parte de una situación diferente y necesita una planificación que tenga en cuenta su experiencia, sus objetivos y su evolución.
Porque la genética puede influir en el resultado final, pero no convierte en inútil todo lo que hacés durante el camino.
No elegís las condiciones con las que empezás. Pero sí podés trabajar para mejorar las capacidades que tenés hoy.
